Cap 13: Me And The Handsome Man


Vibración

BPOV

Dejé que el agua caliente se esparciera por todo mi cuerpo creando una inmensa capa de vapor en toda la habitación.

Hacía tres semanas que había visto a Edward por primera vez y ahora me encontraba en la ducha de su novia, bañándome. ¿Qué iba a decirle? ¿Qué lo besé porque tenía ganas? ¿Porque aunque no iba con ese propósito me había gustado y lo volvería a hacer una y otra vez? Yo le había dejado en claro que sólo besaba a los chicos que me gustaban. ¿Entonces ya sabía que me gustaba? ¿Reaccionaría bien o mal?

¡Agh! ¡Bella! Deja de quemarte la cabeza con suposiciones. No quería salir de ahí. No quería enfrentarlo. Él no se mostró molesto, pero tampoco dijo nada. ¿Qué le iba a decir? Maldita sea, no quería usar este baño, me sentía mal, sentía que estaba traicionando a la pobre de Tanya. ¿Qué culpa tenía ella si su novio decidía engañarla conmigo y dejarme usar sus cosas? Sólo esperaba que no sufriera por esto, no es su culpa haberse enamorado de un sinvergüenza como Edward. Digo, ¿quién no podría? Con esa arrebatadora sonrisa, ese cuerpo hecho para el pecado, su melena despeinada, esos ojos tan profundos como el cielo mismo, y esos labios suaves y carnosos y….

Basta. No debía pensar estas cosas. ¡Y mucho menos en el baño de su novia! Cerré la llave de la ducha, y tomé una de las toallas que había traído conmigo en la maleta. Tenía que hacerle frente a Edward, tarde o temprano.

Enrollé la toalla en contorno a mi cuerpo, Utilicé una más pequeña para sacudir mi cabello y secarlo lo más que pude. Abrí la puerta para cambiarme en el dormitorio de Edward. Me sobresalté cuando vi su figura adelante mío. Se estaba quitando la camisa dándome una muy buena vista de esa espalda ancha, hermosa, y esos lunares, algún día me pondría a contarlos. Se dio cuenta que había salido cuando la abrumadora ola de vapor llegó hasta la habitación. Me ceñí la toalla con fuerza, cruzando los brazos.

— P-Perdón, no sabía que estabas aquí — me disculpé sonrojada.

— Está bien — contestó con una sonrisa — Puedes cambiarte, no tengo problema.

Volvió a hacer lo suyo, estaba acomodando su camisa, su suéter y sus pantalones, probablemente para dejarlos en la lavadora.

— Perdón por ensuciar tus ropas — me mordí el labio, qué bueno que no me miraba, me habría dado más vergüenza.

— Ah, no te preocupes — se rió — En todo caso, debería ser yo el que te pida disculpas.

— No, no. Yo he sido la culpable, si me hubiese contenido… — recordé que en ocasiones, no tenía filtro cuando se trataba de Edward. Me tapé la boca inmediatamente, avergonzada por especificar que iba a hacerlo de todas formas. Edward se dio la vuelta y me miró con divertida sorpresa. Dejó sus ropas y se acercó lentamente a mí. Me encogí repentinamente.

— ¿Por qué? Si a mí me ha gustado — acarició suavemente mi mejilla con su pulgar, con una mirada cargada de lujuria y esa sonrisa torcida que hacía que mis piernas temblaran. Me tropecé con la cama y caí encima de ella. Edward se posicionó encima mío, sin apoyarse sobre mi cuerpo, pero increíblemente cerca.

Dios mío, estas cosas me quitaban el aire, pero llevar solamente una toalla encima iba a provocarme un infarto. Mi pobre corazón no daba abasto con este hombre.

Edward me miró a los ojos, como si quisiesen decir algo. Quizás sólo era yo, pero cada vez que lo hacía sentía que nada más existía, que podía perderme en ellos y jamás salir. Además de quitarme el poco aire que mis pulmones reclamaban, mi corazón latía diez veces más rápido de lo normal, y sentía pequeñas pulsaciones en mi clítoris, que exigían atención pronta. Ahora entendía cuando las personas decían que algunas miradas de atrapaban con una fuerza casi sobrenatural.

Se rió, de algo que había visto en mis ojos y le gustó. Quizás el temor, el deseo que sentía por él. Ya no me miraba con erotismo, ahora sentía que se trataba del verdadero Edward, el chico dulce que a pesar de tratarme como una puta en la cama, se preocupaba por mi bienestar.

Me dejé llevar por la sensación de calidez y tranquilidad en la que mi cuerpo se sumergió. Edward se acercó lentamente hacia mí y apoyó con suavidad sus labios sobre los míos. Inevitablemente cerré los ojos, sintiendo su aliento fresco, su aroma, me aturdía en una forma muy buena. Era un beso casto, algo suave y tranquilo, cargado de ternura. Siempre me pregunté si Edward sería igual o mejor de bueno besando como lo era en el sexo. Se separó de mí para apoyarse mejor en la cama y atrapó mi labio superior con los suyos para tirarlos suavemente en un chupón. Me sonrojé y él se rió de nuevo, para volver a tomarlos.

Edward repitió la acción una y otra vez, devorando mis labios con tanta sensualidad. Sí, definitivamente era tan bueno en los besos como lo era en la cama. Aunque claro, eso era lógico. Sólo podía pensar en tres cosas: Su cabello, enredé mis manos sobre sus mechones tirándolos suavemente. Su dulce y adictivo aroma, una mezcla entre su colonia personal y su esencia natural, olía fresco y algo muy dulce, embriagante. Y sus labios, tan suaves y carnosos, su aliento era delicioso y no quería que se alejara ni por un segundo.

Se alejó para normalizar su respiración y la mía. Volví a abrir los ojos, y me encontré nuevamente con sus ojos. ¿A qué parte de su rostro debía mirar para no perder el hilo de mis pensamientos?

— ¿Puedo hacerte una pregunta, Bella? — su voz sonó como un susurro dulce, hipnotizante. Asentí cerrando los ojos — ¿A cuántos hombres has besado?

Abrí los ojos inmediatamente. Me tomó por desprevenida su repentina curiosidad. ¿Cómo podía comparar mi vaga y nula experiencia en estas cosas con la extensa y controvertida suya?

— N-No muchos — murmuré bajito, sonrojada — Puedo contarlos con los dedos de las manos. Menos de la mitad — lamenté y me sonrió — Pero, no fueron la gran cosa. Nunca llegué a… grandes cosas, tú sabes…

Murmuró como si se lo pensara, me estudiaba de nuevo con esos ojos verdes. Era la primera vez que sentía que sus ojos estudiaban mis reacciones. Me sentía nerviosa.

— Supongo que tendré que enseñarte eso también — Desaprobó con un fingido lamento. Mi corazón latió con fuerza y mi centro comenzaba a mojarse… esto no era bueno si yo no llevaba nada de ropa encima.

Edward volvió a acercarse para besarme los labios. Me dejé llevar, dispuesta a aprender cualquier cosa que me enseñara. Me agradaba mucho la idea de Edward siendo la primera de unas cuántas experiencias que yo todavía no había vivido.

— Abre la boca — pidió mirándome a los labios, casi sin alejar sus labios de mi boca. Tímidamente, la abrí.

Acercó sus labios de nuevo, y esta vez sentí la punta de su lengua cálida y mojada tocar la mía. La sensación fue increíble. Temblé de placer, y ni siquiera la había sentido completa. ¡Iba a enseñarme a besar con lengua! Mi corazón saltó de la emoción y volví a abrazarlo desde su cuello. Alargué la lengua un poco más para dejar que me tomara. Volvió a acercarla suavemente, compartiendo su saliva con la mía. ¡Ah, qué enorme placer se sentía con tan poco cuando era Edward! Tomé de su pelo y lo tiré con ganas, él gruñó y devoró mi boca con ganas, lo acompañé excitándome poco a poco, mi cuerpo tomaba calor y sentirlo encima era doblemente tentador. Su lengua comenzó a jugar con la mía, en una batalla de dominación. De un lado al otro, juntas, me sentía en la gloria. ¿Cómo algo tan simple, que veía todos los días en alguna película, o en la calle, o el primer paso que tomaban las parejas, me parecía la cosa más maravillosa del mundo? Me sentía de una forma más conectada con Edward, más que cuando me había tomado de una forma tan abrumadora como la noche anterior.

Entonces, me di cuenta de cuál era la diferencia. Edward tenía dos personalidades conmigo: el hombre déspota, erótico, un pervertido que buscaba en mi placer por cualquier método con tal de satisfacer su propio placer. Ese que me trataba como una puta en la cama, sin respeto alguno. Y el otro, el joven maduro, responsable, bondadoso que me trataba con dulzura, se reía de mis torpezas y en el fondo me apreciaba. ¿Podría esa apreciación convertirse en amor? No es que estuviese enamorada, pero ambas facetas eran verdaderas, y ambas me gustaban. Me gustaba todo en él, hasta el imbécil que engañaba a su novia y el tierno que me prestaba su paraguas con tal de evitar que me mojara. Éste Edward, éste que me besaba con tanta pasión era una mezcla de ambas facetas, como si fuese el verdadero Edward el que me besaba. Y eso, no existía una palabra que definiera con precisión lo feliz que me hacía.

¡Me gustaba mucho Edward Cullen!

EPOV

Ni en mis sueños más retorcidos imaginaría unos labios tan deliciosos como los de Bella Swan. Recordé cada uno de los labios que había besado y ninguno se comparaba con los de ella. Eran suaves, rosados, carnosos, su aliento cálido y su respiración irregular me provocaban tanta ternura, pero tanta excitación. Es como si me prendiera la inocencia de Bella, me había tomado por sorpresa en el auto, algo que jamás esperaría de ella, y me sorprendí lo mucho que me gustó. Es como si ella fuese tierna, inocente, ingenua, pero también fuese atrevida, coqueta, una perra. Me gustaba también que esas facetas pudiera verlas en cualquier situación. Si la encontraba atrevida en una rutina diaria, o inocente en la cama, o al revés, cualquier forma me gustaría.

También he de admitir que tenía alguna obsesión morbosa por ser la primera vez de ella en ciertos aspectos. Una mujer como ella, tan especial necesitaba vivir buenas experiencias, de manos expertas, como las mías. Me sentí satisfecho de saber que ella había dado la iniciativa con el beso, sabía que me deseaba y había caído ante mí tal y como lo había predicho. Quizás era un arrogante creído, pero era una sensación de poder y dominación que mi cuerpo anhelaba en esta pequeña criatura que había aparecido en mi vida.

Seguí moviendo ágilmente mi lengua sobre la suya, compartiendo saliva. En cuestión de segundos estaríamos babosos. Sus pequeñas manos tomaban mi cabello, despeinándolo, y la otra me acariciaba el rostro con suavidad. En la batalla de nuestras lenguas por tomar el control, salí ganando. Me estaba excitando demasiado, sobre todo teniéndola completamente desnuda bajo mío con esa pequeña toalla ceñida. Me alejé de ella cuando el cuerpo me exigió un poco de aire, y un pequeño hilo de saliva unió nuestros labios. Ella gimió al ver esto, yo le sonreí picaronamente.

No sé por qué pero algo me decía que ésta era la primera vez que Bella usaba su lengua en un beso. Increíblemente, no me sentía un pervertido enseñándole este tipo de cosas a una chica prácticamente virgen en todo, me recordaba a mí cuando era joven, cuando experimentaba estas cosas por primera vez, absorto como ella. No me sentía extraño ni nada. Se sentía genial estar cómodo con ella.

— Eso ha sido… — jadeó en busca de aire, con las mejillas rosadas.

— ¿Bueno?

— Increíble — afirmó con una sonrisa boba. Por cada jadeo, gemido y sonrisa de Bella, me sentía muy dominante, algo que me encendía hasta niveles insospechados.

Volví a besarla, de nuevo con la misma intensidad. Pero esta vez bajé mi mano tanteando su cuerpo, se había puesto tensa cuando empecé a abrirle la toalla con suma lentitud. Gimió cuando terminé de hacerlo. Me separé para verla mejor. Estaba temblando ligeramente, no por el frío, sino por la anticipación, habría cerrado las piernas, y apoyado sus manos encima de su cuerpo, casi ocultado sus senos. Sus pezones estaban duros y me miraba con un rubor exquisito.

Nunca comprendí por qué le avergonzaban este tipo de cosas, si ya la había visto desnuda con anterioridad. Quizás se trataba de un pequeño problema de autoestima, de ser así lo recompensé.

— Eres muy hermosa, Bella — acaricié su mejilla con suavidad, para darle confianza. Me respondió mordiéndose los labios. Besé con suavidad su cuello, ya no estaba mojada por la ducha, su piel ardía.

Bajé lentamente los besos hacia su clavícula, hasta sus senos. Me detuve allí para lamer sus pezones con suavidad. Esos pechos… era una tentación peligrosa, muy peligrosa para mi poco autocontrol. Bella gimió dulcemente, retorciéndose un poco entre mis manos. Seguí bajando hasta su vientre plano, lamiendo su ombligo. Soltó una risita. Me reí encima de su piel. Volví hasta sus labios para morderle el labio superior y bajar una de mis manos lentamente hacia su pezón, tirándolo con un poco de fuerza, ella gimió entre mis labios haciendo que mi erección palpitara debajo de mis pantalones. No, no, esta vez se trataba de su placer, ya tuviste el tuyo, Edward…

Fui directamente hasta su centro, ella se tensó gimiendo. No paré de usar mi lengua para jugar con la suya, mientras que con dos dedos me abría paso sobre sus labios.

— Bella — gemí entre sus labios — Estás tan mojada…

Estaba tan resbalosa que mi plan funcionaría perfectamente, sin necesidad de usar lubricantes. Pequeña… ¿se había puesto así sólo con un par de besos? Me gustaba pensar que era bueno en esto, o quizás Bella era sensible, algo ciertamente correcto.

— Edward — jadeó en busca de mis labios, de a poco, conseguía ser ella la que dominaba el beso, y eso me gustó demasiado — Q-Quítate la camisa… quiero… quiero sentirte.

Oh, eso sí que me había descolocado. Me reí divertido y algo asombrado, Con el tiempo Bella iba convirtiéndose en una pervertida, algo que ayudaría mucho en nuestras relaciones. Accedí a sus deseos y me quité rápidamente la camisa. Tomé su rostro con mis manos y la besé con decisión, dejando que sus manos rasguñaran mi espalda. Un gruñido ronco salió de mi pecho, haciéndola jadear.

Me separé de ella dejando que respirara un poco. Fui directamente hacia mi ropero, donde guardaba la caja con todos los juguetes sexuales que había comprado para Bella. Suerte que Tanya y yo no compartíamos estas cosas y podía guardarlas en mis cajones sin necesidad de mover sus cosas.

— ¿Qué buscas? — Bella preguntó levantándose, por el rabillo del ojo noté que no se cubría el cuerpo esta vez. ¡Al fin!

Encontré la caja que buscaba, y la tomé con rapidez.

— Uno de los juguetes que he comprado — le contesté mientras me quitaba el cinturón — Voy a quitarme los pantalones para estar más cómodo. ¿No te molesta, cierto?

Me bajé los pantalones de un tirón, quedando en bóxers. Mi erección endurecida se notaba perfectamente, Bella bajó rápidamente la vista hacia allí y me miró con mucha intensidad mientras se mordía el labio. No, no le molestaba.

Me senté en la cama, Bella se sentó cruzando las piernas, mirando con curiosidad y nervios la caja.

— ¿Puedes decirme qué es? — preguntó como si se tratase de esos conos anales. Me reí recordando su reacción.

— Ya lo verás — dije abriendo lentamente la caja — No te pongas nerviosa, no he comprado nada extraño.

— ¿Qué has comprado?

— Cosas básicas, vendas, esposas, lubricantes, nada extraño — me encogí los hombros y Bella respiró con tranquilidad — ¿Te decepcioné? ¿Querías la máscara de látex y la fusta?

Bella puso los ojos en blanco y me acompañó en las risas.

— Quizás cuando me acostumbre podamos probar otras cosas — se encogió los hombros sin darle mucha importancia. La miré atentamente. Ella era una caja de sorpresas, cuando creía que era de tal forma, me sorprendía y se comportaba de una forma totalmente distinta. Nunca sabía qué esperar de ella, y eso era emocionante.

— Prometido — aseguré con una sonrisa.

BPOV

Edward abrió la caja y revisé detenidamente de qué se trataría: nada que no esperaba, en realidad, suponía que sería lo primero que utilizaríamos. En la caja reposaba un vibrador de color amarillo fuerte bastante grueso con un pequeño control remoto. Tomé rápidamente el vibrador en mis manos, parecía hecho de goma.

— Esto es muy grande — indiqué con sorpresa.

— No más que yo — admitió enarcando una ceja.

— ¡Creído! — le critiqué. Pero llevaba razón, no era más grande que Edward.

— Sigo pensando que esto es un desperdicio si te tengo a ti.

Edward se rascó la cabeza, ¿se había ruborizado?

— Eso es porque nunca lo has probado.

— ¿Tú sí? — me miró con apatía. Solté una risita.

— Muy bien, basta de bromas, señorita Swan — Edward me empujó suavemente contra la cama quedando expuesta para él. Ah, centro palpitaba por atención. Volvió a besarme en los labios tomando suavemente mi labio superior con un movimiento cargado de sensualidad.

— ¿Para qué sirve esto? — pregunté mientras me recostaba y él lo hacía a mi lado, apoyándose con un codo.

Edward soltó una risa divertida e incrédula. Tendría que acostumbrarse a mi inocencia tarde o temprano.

— ¿No sabes? Sirve para auto complacerse — Edward tomó el vibrador mientras se ubicaba muy cerca de mi rostro. Mis mejillas volvían a enrojecerse por décima vez en el día. Mi cuerpo tembló al sentir la punta del vibrador en mi entrada. Estaba frío.

— Está helado — me quejé en un gemido, a Edward no le importó. Me tensé cuando sentí que jugaba a propósito y deslizaba el vibrador de arriba hasta abajo, tocando a penas mi centro hasta mi clítoris. Agarré las sábanas con fuerza.

— E-Edward, no juegues — volví a gemir casi cerrando los ojos. Sentí sobre mi mejilla el aliento de Edward acompañada con una risita.

— Oh, claro que voy a jugar contigo — Volvió a atravesarme con esos ojos esmeralda y acercó sus labios a los míos, demasiados juntos, su aliento me aturdió de nuevo — Tu cuerpo ahora me pertenece…

Oh sí, mi cuerpo le pertenecía, mi cuerpo entero, podía hacer conmigo lo que quisiera, esa arrebatadora sonrisa atrevida iba a ser mi perdición. ¡Fóllame de una vez!

— Mmmm — gimió — Estas empapada. ¿Es por mi, Bella?

La maravillosa pregunta. No, era por el vibrador amarillo. ¡Pues claro que era por ti, tonto! Debía ser algún tipo de frase erótica que a los hombres les gustaba, saber que eran la razón de excitación en una mujer. Le di con el gusto.

— Si — gemí sobreactuando un poco — Tú me pones así, Edward...

Con mi mano acaricié su torso, deslizando mis dedos cerca de sus pezones. Edward gimió y volvió rápidamente a la acción.

— También sirve como una manera de aumentar el placer durante la masturbación — continuó informándome, introduciendo de a poco la punta del vibrador. Mi cuerpo estaba tan sensible que tuve que reprimir un fuerte gemido al sentir el grosor de esa cosa.

Entraba y salía con una velocidad creciente. Mi cuerpo se retorcía debajo del suyo cuando entró de lleno y salió lentamente, repitiendo la acción repetidas veces. Tenía razón, yo me encontraba húmeda, caliente, excitada y sumamente estrecha, aunque no era Edward se sentía muy bien. No sé si era la situación o verdaderamente funcionaba pero el placer en mi cuerpo crecía y crecía, haciéndome temblar y gemir jocosamente.

Edward aprovechó para mordisquear con suavidad uno de mis pezones. Lo tomó entre sus labios, depositó un poco de su saliva y lo chupó con devoción, haciendo que mí vagina se estrechara aún más y mi clítoris se hinchara.

Edward se separó levemente de mí al igual que el vibrador. Lo sacó con la misma lentitud y gruñí deseando sentir nuevamente la sensación de que algo me llenaba. Edward miró con diversión al vibrador, no alcancé a verlo, pero suponía que estaría mojado...

Volvió a introducirlo sobre mi centro y retorcí mis dedos de los pies jadeando. Edward lo dejó allí y buscó en la caja lo que parecía ser un control remoto.

— ¿Y eso?

— Sirve para modular el grado de vibraciones que deseas obtener. Mientras más te excites, más aumentará el placer — me miró con malicia y mucha diversión, nunca quité la vista de su enorme y gruesa polla debajo de la tela de su boxer. ¿Por qué no se la quitaba de una vez?

Cuando iba a mencionárselo, sentí que algo comenzaba a moverse en mi interior, como si vibrara, me contraje rápidamente al sentir el placer y me di cuenta que Edward ya había encendido el primer de los tres botones para moderar la velocidad.

— ¿Te gusta? — me preguntó viendo el placer en mi cuerpo.

— S-Sí, se siente... se siente tan bien — logré decir pero no quería hablar, quería dejarme llevar por las nuevas sensaciones y las cosquillas en mi vientre bajo.

No podía quedarme quieta, crucé levemente las piernas como si fuese una necesidad física para controlar el placer pero quería sentirlo. Me agarré de las sábanas y me sentí muy acalorada. Me moví de un lado a otro, incapaz de controlarme. Esa cosa me estaba volviendo loca, y mi cerebro ya no controlaba la cantidad de gemidos que soltaba. No sólo eran los movimientos vibratorios los que me enloquecían, sino el estar expuesta, el saber que Edward me miraba como mi cuerpo se retorcía, era algo morboso, pero me excitaba hasta niveles increíbles.

— ¿Cómo se siente? — preguntó Edward con una voz ronca.

— Es.. es.. ah, genial — gemí cerrando los ojos, dejándome llevar por el placer — Me gusta mucho... es tan rico... ah... ah... ah...

Como si fuera poco, inmediatamente sentí que el vibrador empezó a generar más vibraciones en mi centro, gemí más alto. Edward había aumentado la velocidad con el segundo botón. Esta vez era difícil de controlar las sensaciones. Cruzaba las piernas de un lado para el otro, como si eso consolara a mi pobre cuerpo abatido por el nuevo placer al que me entregaba. Intuitivamente llevé una de mis manos a uno de mis pechos para masajearlo, y mi vientre bajo tembló con ganas.

— Ahh, Edward — gemía una y otra vez su nombre — E-Esto me.. ugh... ummm... me... aahh... dame... quiero... ah.. ah.. más, más, quiero más...

— ¿Quieres el limite? — escuché su voz todavía más ronca que antes.

— ¡Sí! — Exclamé deseosa, mi cuerpo temblaba y transpiraba, me sentía una pervertida — ¡Dame! ¡dame! ¡Quiero sentir más!

Esperé ansiosa hasta que Edward me dio lo que tanto gritaba y lo sentí. El vibrador comenzaba a moverse en forma apresurada, podía incluso escuchar el sonido que generaba. Quise cerrar las piernas pero cuando las abrí, sentí un mayor placer y chillé lascivamente. Me sentía sucia, una pervertida, me encantaba este placer, me encantaba el maldito vibrador y sentía muchas ganas de volver a usarlo una y otra vez, jamás me cansaría, mi centro palpitaba y las vibraciones iban desde la punta de mis pies hasta mi cabello. Mi cuerpo desnudo, retorciéndose sobre las suaves sábanas, me ponían más caliente de lo que imaginaba. No me privé de los gemidos y los jadeos que ahora pasaban a ser gritos de placer, mi centro ya estaba hinchado y el vibrador — que ahora entendía por qué era grande y grueso — se movía de una forma abrupta y circular sobre mi centro.

Escuché un gemido delante de mí y recordé que Edward estaba presenciando todo esto, abrí los ojos y casi grito de placer al encontrarme a Edward mirando mi centro, mi cuerpo y mis expresiones con la mandíbula tensa, y los ojos oscurecidos por el placer mientras se masturbaba con una mano. Iba con una velocidad rápida como si le quedara poco y nada para correrse. No podía ver su polla porque todavía llevaba el boxer puesto pero no necesitaba mucho al ver como su mano se deslizaba casi con violencia de arriba para abajo.

Me sentía tan sucia, tan poderosa, como si tuviese una epifanía y descubriera de una vez por todas lo mucho que me encantaba el placer, el sexo y los orgasmos, como si quisiera hacer esto todos los días de mi vida y sentir que alguien me miraba, sentir que Edward me miraba y que se excitaba con la imagen. Tocarme, o dejar que el vibrador me tocara y ver a Edward tocándose frente a mí. Había encontrado un increíble atractivo a la idea, y fue lo necesario para sentir esa familiar burbuja en mi vientre bajo.

— E-Edwaard, Edward, me... aah, ah, ahh, ungh, ungh, me corro.. aah.. ah...

— C-Córrete...ah... hazlo — me indicó con la voz ronca.

Deje que las sensaciones me atraparan y el orgasmo me golpeó casi con violencia, brutalidad, como una bola demoledora. No fue ni por cerca un gemido, fue casi un grito lleno de placer el que mi garganta soltaba. Para deleite de Edward abrí las piernas lo más que pude para que no se perdiera nada, fue una buena idea porque de esa forma el orgasmo me llego aún más fuerte y placentero, algo que no había experimentado en otras ocasiones con Edward y no sabía por qué. Me retorcí una y otra vez hasta no dar abasto. Mis piernas se sentían como gelatina, mis pulmones necesitaban aire y yo me sentía terriblemente cansada, somnolienta.

No fui conciente de Edward hasta que me calmé, había sido sin duda alguna el orgasmo más fuerte que había experimentado y sin ayuda de Edward. Me sentí mal. ¿Qué habría cambiado? Gemí cuando vi que el vientre y el boxer de Edward estaban enchastrado por su liberación. Él simplemente se rió y tomó su pequeña caja de pañuelos descartables para limpiarse ¿En qué momento los había traído a su lado?

— ¿Te gustó? — preguntó.

— Edward eso fue... ahh... no tengo palabras para describirlo — dije.

— ¿Mejor que el sábado? — se rió.

— Si... cien veces mejor... ¿por qué ha sido eso?

— Porque esa es la función de los juguetes sexuales — me sonrió — Lograr que las experiencias sexuales sean aun más placenteras y divertidas. ¿Ahora entiendes por qué te digo que me aburre el sexo normal?

Lo entendía al pie de la letra. Esto no se comparaba ni en un millón de años con otras veces anteriores, esto me había dado una idea de lo que realmente significaba placer.

— Los juguetes sexuales sirven para aumentar el placer teniendo en cuenta los fetiches de la persona que los usa. Aparentemente, el que te vean teniendo placer es uno de los tuyos.

Me sonrojé y desvié la vista. Realmente me había excitado.

— No tienes por qué avergonzarte, eso es muy normal y déjame decirte que lo encuentro muy excitante también. Te dije que te iban a gustar una vez que pruebes el verdadero placer, el de complacer cada uno de tus deseos, tus fetiches y tus fantasías. De eso se trata el sexo.

— Vaya — me sorprendí — Yo creí que el sexo se trataba de la unión entre dos personas que se amaban...

— No, Bella — me negó con paciencia — Eso es algo muy distinto, eso no es sexo, eso se llama hacer el amor — mi corazón se estrujó al escuchar tan bellas palabras de los labios de Edward — El sexo es el puro arte de satisfacer tus placeres sexuales con, o sin juguetes.

Tenía razón, hacer el amor y tener sexo no eran una misma cosa. La primera se involucraban tantos sentimientos... confianza, respeto, cariño, afecto, amistad, amor... yo lo quería mucho pero, aunque la idea de probar nuevas cosas con Edward me atraía muchísimo, prefería divertirme con el sexo.

— ¿Te ha gustado? — me animé a preguntarle. Esbozó mi sonrisa favorita.

— Me ha encantado. Creí que sería bueno, pero no tan increíble como lo fue. Sabía que te encantaría. Y tenemos muchas cosas más que probar — sonreí contenta, quería probar cada cosa nueva con Edward sin duda alguna — Tantos placeres... incluso has oído hablar del kamasutra, ¿o no?

Mi corazón volvió a detenerse. Asentí rápidamente. Ah, ¿probar cada una de las poses con Edward? Eso definitivamente iba a matarme.

— ¿Podemos comprarlo? — pregunté ansiosa. Edward se sorprendió.

— Claro — me acompaño en las risas.

Aproveché para quitarme el vibrador con lentitud. Me quedé absorta viendo lo increíblemente mojado con mis jugos que estaba. Le ofrecí el vibrador a Edward, que me miró sorprendido.

— ¿Quieres probar? — bromeé. Edward miró con rechazo la forma que tenía el vibrador. Sería tan bizarro verlo lamer un pene.

— No, paso.

Sentí increíble curiosidad por probar mi esencia, ¿a que sabría? ¿Sabría igual que la de Edward? Aproveché rápidamente para deslizar mi lengua sobre la punta de la polla y probarlo. Sabía salado, pero olía increíblemente dulce. Edward gruñó mientras me miraba absorto. ¿Esto también le había excitado?

— Contrólate, Bella. O te follaré ahora mismo y no podrás caminar en todo el día — me amenazó y cerré las piernas por intuición. Podría aguantar una vez más, pero mi cuerpo pesaba, y solo quería dormir.

Edward se marchó al baño para limpiarse mejor. Yo aproveché y tomé los pañuelos descartables para limpiarme. Estaba muy mojada, y todavía seguía sensible.

— ¿De qué iba mi pesadilla, Edward? — demandé recordando que si iba al sex-shop me contaría la terrible verdad.

— Nada, dijiste palabras confusas, no lo entendí — contestó desde el baño despreocupadamente.

— ¡Me engañaste! — le reproché de mal humor. Me había usado.

Cuando vi que Edward salía del baño, la realidad me llegaba como baldazo de agua fría. Lo había besado y todavía no había aclarado el asunto.

— Edward — lo llamé y se dio la vuelta — Perdón por haberte besado de golpe. Se que dije que es algo que sólo permitiría a los chicos que yo... bueno, que estuviera enamorada de ellos.

— Recuerdo eso — dijo atentamente.

— Bueno, quería que sepas que... no estoy enamorada de ti — me sentí rara al decir eso — Me gustas pero... solo quería que sepas que haré una excepción, pues quiero mantenerme firme a mis ideas.

— Lo entiendo — me sonrió amablemente.

— Quiero decir, solamente te besaré cuando se trate sobre sexo o estemos por hacerlo, así no habrá problemas. ¿De acuerdo?

Edward agachó la cabeza riéndose.

— De acuerdo.



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